Las cosas no son como antes, que va. Se que suena al típico comentario de viejuno y aunque, honestamente, me da mucho por culo lo que el personal piense al respecto, quiero aclarar que al volver la vista atrás no se dibuja en mi rostro una expresión de nostalgia. Ni mucho menos. Lo que sucede es que no puedo evitar hacer una comparación entre lo que a muchos de nosotros nos tocó vivir en nuestra más tierna infancia y en lo que nos hemos convertido por un lado, y la realidad descafeinada, desintoxicada y ultralight ( a pesar de los altos niveles de colesterol de los nenicos de hoy en día) que afrontan nuestras nuevas generaciones. Con la consecuente falta de huevos y/u ovarios que se avecina de aquí a un par de lustros.

Me remonto a principios de los ochenta cuando los de mi
hornada empezábamos a enterarnos de las púas que tiene un peine, bueno quizá
halla exagerado un poco pero vosotros me entendéis. Para contextualizar un poco
el asunto recordemos que por aquel entonces triunfaba mucho “El coche
fantástico”,”V”, “El equipo A”, “El trueno azul”, “El halcón callejero”, “la
quinta del Buitre”, “Mocedades” (porque Mocedades era un tema), Michael Jackson
(tan “rarito” como siempre pero aún “café con leche”), “Naranjito”, “Mecano”
(afortunadamente disuelto a pesar de funestos musicales que solo les gustan a
“Borjas” y “Maripilis”), “Los hombres G” (tristemente reaparecidos), Sabrina
(esa actuación en el especial de nochevieja siempre quedará en nuestro
recuerdo, I love you) la maravillosa “Bola de cristal”, ... y un montón de
cosas más que no es cuestión de poner, más que nada porque esto no es la
“Teleindiscreta” (muy grande también, todo sea dicho).

El caso es que así, como el que no quiere la cosa, acabo de
hacer una lista bastante extensa de los grandes éxitos de aquel entonces, que
no eran pocos, y eso que solo teníamos dos canales y “La 2”, para variar, era
una puta mierda. Y aquí nadie se quejaba ¿por qué? Pues muy sencillo, en primer
lugar porque la programación le daba cincuenta y cuatro patadas a la de hoy, y
en segundo lugar porque teníamos cosas más importantes que hacer, tales como
bajarnos al parque a matarnos vivos con los vecinos del barrio, llenarnos de
mierda hasta las mismísimas pestañas y volver a casa cada tarde con una nueva
herida que para nosotros eran como malditas heridas de guerra, poco menos que
condecoraciones. Hoy... los nenes y las nenas... es que no pueden, porque los
gérmenes, la suciedad, los juegos peligrosos, la sangre, ... se ve que todo eso
ya no es “cool”. Hoy lo “cool” es tenerlos en una burbujita de cristal (con
conexión usb y móvil de ultima generación) no sea que su sistema inmunológico
se desarrolle. Lo que si que va a ser “cool” va a ser la pijá de leucémias que
van a tener estos nenicos de aquí a unos años por la tontería de pasarse la
infacia pegados al maldito celular.

El caso es que tu volvías del parque por la tarde (tralarí –
tralará) pensando en coger los Masters del Universo y montar la batalla de las
batallas, la conquista definitiva del “Castillo de la Sepiente”. Pero cuando
llegabas a casa estaba tu madre esperándote, eso sí con mucho amor y mucho
cariño te daba la merienda (bocadillo de salchichón con margarina sin bifidus
ni caseinlimunitas ni colesterol del bueno ni nada de eso, y ninguno se quejó
de dolor en las arterias) , para posteriormente someterte al tercer grado y
sonsacarte los deberes que tenías que hacer para el día siguiente. A tomar por
culo “El castillo de la serpiente”. Deberes que por otro lado tú desconocías
totalmente, porque lo que menos te interesaba por aquel entonces ,y que sigue
sin interesarte, eran los putos imperativos y delirios de grandeza de un
maldito eunuco funcional cuyo aliento olía a “Terry” y que se hacía llamar
Maestro (y que conste que no generalizo). Así que... ¿qué hacías? Pues muy
fácil te encerrabas en tu cuarto con todas las luces apagadas salvo el flexo y
te dedicabas a poner la capucha de los rotuladores en la bombilla casi
incandescente, hasta que poco a poco se iba derritiendo y tú poco a poco te
ibas mareando con los gases que manaban del rotulador chamuscao. Y los deberes
que los haga Marcelino... pan y vino. Echabas las tardes así, y con otro tipo
de entretenimientos que posteriormente descubrirías y que ahora no vienen a
cuento. El caso es que cuando veías que había pasado un tiempo prudencial, te
frotabas la cara para tener cara de cansancio y salías a la sala de estar con
expresión de “joder, que pijá a estudiar me acabo de meter pal cuerpo”, si no
había más remedio te dabas una ducha y al sofás a ver la tele.

¿Qué queréis que os diga? En mis tiempos no estaba de moda
eso de llevar al nene o a la nena a la típica academia donde había un pobre
desgraciado trabajando como profesor, porque no tiene cojones a sacarse unas
oposiciones, y que se dedicaba a hacerles literalmente los deberes a los
nenicos abocándolos así a ser unos putos analfabetos funcionales el resto de
sus tristes días. Todo lo contrario, los deberes se quedaban sin hacer y tú al
día siguiente apretabas el culo en la silla y aguantabas lo que al eunuco este
le viniese en gana, que podían ser varias cosas, tales como ponerte a parir
delante de tus amigos (llamémosles amigos por no llamarles hijos de la gran
puta en potencia, afortunadamente venidos a menos por el efecto de la farlopa
o, simplemente, porque cuando uno es gilipollas y lo lleva en la sangre tarde o
temprano se manifiesta en el fenotípo). Y ahí no se quejaba ni Perry y mira que
sanos que estamos todos.

Ahora, en cambio, que Dios cuide del docente
al que se le ocurra levantarle la voz a uno de esos gremlims que se piensan que
están de vuelta de todo y lo que muchas veces necesitan es una ostia bien dada
y que les diese vueltas todo. Pués no, en lugar de eso el profesor se tiene que
limitar a mandar a ... “eso” a la jefatura de estudios y cruzar los dedos para
que al salir de clase el nene no te meta una paliza, te pinche las ruedas del
coche o literalmente le prenda fuego. No os asustéis que estoy exagerando, la
mayoría de las veces se limitan a cagarse en los muertos más frescos del
docente a voz en grito, eso sí, para que la princesa que les espera junto a la
“rieju” trucada piense; “Mira Choni, que valiente y que viril es tu Ramón”.

Si princesa, tu Ramón
es un fenómeno... Bendita vasectomía.